macro raro

23.12.2011 Enric Gisbert

Una pequeña explicación...

Los siguientes doce cuentos los fui publicando intercalados aleatoriamente entre otros artículos, tal como se me iban ocurriendo. La única premisa a la que están sujetos es la de que se dividen en cuatro grupos de tres, a saber: de AGUA -Espejo, Tarros y Midas-, de AIRE -Alma de árbol, Atmósfera y Paz Palomo-, de TIERRA -Crack, Asfalto y Chispa- o de FUEGO -Hogar, Fulgurita e Indulto-.

Ninguno de ellos pertenece a un elemento en estado puro, así que sois perfectamente libres de ordenarlos de cualquier otro modo que creáis correcto. A vuestra bola. La idea es pasarlo todo, junto con esta conclusión, a uno de esos bonitos mazos de papel que la gente llama libros, y que tan bonitos quedan en los estantes de los muebles estilo colonial. Pero mientras valoro si merece la pena hacerlo, divago buscando un titular que, de momento, viene a ser algo así como "Mi pequeña fauna "L" mental: volantazos y frenazos escritos". Si a alguien se le ocurre algo mejor que lo suelte; reconozco andar un poco perdido en el tema.

Existe una conclusión (el cuento n.13, llamado Fauna elemental), donde intentaba hacer una especie de conclusión/unión de todos.
Es un fiasco absoluto y patillero. No quiero incluirlo en la serie. Si tenéis curiosidad, está en el archivo general.

También existe el cuento Paz deslumbrada, en el que se narran otras desventuras de Paz Palomo.
Éste sí  me gustaría incluirlo en la serie, pero al ser posterior prefiero dejarlo fuera para que no desequilibre el 3X4 original.

Un abrazo.

Fauna elemental ·56· (23.07.2004)
Paz deslumbrada ·102· (08.03.2006)

 

Espejo

22.12.2011 s3r raRØ ·34· (publicado en laMundial: 08-10-2003)

Andaba deprimido. Había recibido malas críticas.
Ya no interesaba nada de lo que estaba escribiendo.

Llevaba toda la mañana lloviendo como con desgana; ahora una gota, ahora otra...
La gente alrededor estaba desenfocada. Pero no era ninguna neblina. Era la espesura de ánimo. Ese estado que hace que se aflojen las cervicales y todo mire al suelo, que todos crean que no hay nada por ver.

Errático, tropecé con el hueco de un árbol. El agua encharcada me devolvía mi propia imagen apenas distorsionada por las ondas concéntricas, envuelta en un cielo precioso lleno de nubes. Levanté la cabeza, extrañado por no haberme dado cuenta antes, para confirmar que ese mismo cielo estaba allí. Y estaba, eso sí, al revés. Al volver a bajar la cabeza apareció un invitado inesperado en mi nuevo espejo. Me miraba desde dentro. Los dos levantamos simultáneamente la cabeza para quedarnos frente a frente. Era un feo perro pequeño, de esos con la cara sucia, plana y de ojos saltones como canicas negras, con la boca abierta y la lengua colgando, respirando deprisa. Me puse de cuclillas y alargué el brazo por encima del charco. El bicho cerró la boca e hizo gesto de desconfianza, hasta que vio que mis dedos no sólo eran inofensivos si no que les podía sacar mucho partido. Se le aceleró la cola, en inevitable gesto de colegueo.

Bajé la cabeza y miré entonces el reflejo. La imagen que acariciaba mi mano empezó a crecer y a colorearse, a moverse por el espacio como una cometa, a cambiar de texturas. Tan pronto parecía tela como papel o gelatina. A veces parecía mecido por el viento. Otras buceaba en espesas aguas. Llegó un punto en que parecía un gran dragón chino que ocupaba todo el cielo que había en el hueco.

¡Bruuuuummmmm! Sonó un acelerón.
El perro, asustado por el coche que intentaba subirse al bordillo, se había separado unos centímetros de mi mano. Lo justo para salir de mi espejo. Ya no había dragón.
¡¡¡Peeeerrrrrrooooooooo!!! Se oyó un grito de voz aguda.
Reconociendo a su ama, "Perro" saltó el hueco del árbol y pasó por mi lado a toda pastilla. Me levanté y eché un último vistazo a mi imagen reflejada. Se estaba disolviendo casi completamente. La lluvia apretaba...

Y es que a veces, para ver la realidad, uno la tiene que apartar un poco. Ya no miré hacia abajo mientras andaba. A pesar de la lluvia, la gente se había aclarado. Supongo que yo también, porque dos chicas y un chico que bajaban discutiendo animadamente me vieron y se pararon delante. Una de las chicas, mientras me acercaba la manga de su jersey, me preguntó:
-¿De qué color es esto, por favor?
Me sentí observado por las tres divertidas miradas... la luz de la tarde lluviosa no ayudaba... la manga de lana era de un color sucio... oscuro.
-Marrón -contesté- Esto es marrón oscuro.
Y se fueron riendo. Ni siquiera sé a quién de los tres había dado la razón o si alguno estaba de acuerdo con mi opinión.
Creo que les daba igual.


2cm. de dragón, cerca, muy cerca, otra realidad...

 

Tarros

21.12.2011 s3r raRØ ·36· (publicado en laMundial: 31-10-2003)

Por el rabillo del ojo vi cómo la estación se detenía a mi lado, verdosa, lentamente. Pensé que la luz irrumpiría salvajemente en el vagón, pero las puertas no se abrieron y se quedó ahí parada, como expectante. Levanté la cabeza del libro. Delante de mí, sentado, un chico llevaba una camiseta color verde cartulina, con cinco o seis barquitas dispersas dibujadas.

Decidí subirme a una de ellas.
Desde allí, el horizonte era una raya hecha de tinta, con pincel y muy mal pulso. De repente oí un ruido a mi espalda. Un pescador estaba subiendo a la barca, sin chapoteos ni humedades. Vestía chaqueta y gorra de pana marrón y, por más que le miraba a la cara, no conseguía verle los ojos.

-Con este mar no hay manera de pescar nada -me dijo.

Pero lo cierto es que a ambos lados de la chaqueta asomaban dos peces dibujados que, sintiéndose observados, desaparecieron en los bolsillos con un movimiento rápido de sus colas. Iba a mirar en los bolsillos del hombre cuando la estación se puso de nuevo en marcha, verdosa, lentamente. Y, lentamente, le devolví la atención al libro.
La estación volvió. Y esta vez las puertas se abrieron. Pero la luz verdosa se quedó ahí parada, como expectante. Decidí bajar del vagón.

Al poner el pie en el suelo me encontré en una sala cuyas paredes irradiaban una luz tenue. Tenían estanterías de madera en las que reposaban miles y miles de tarros de incontables tamaños. Todos contenían líquido transparente.

-Agua -dijo el pescador a mi espalda-. Es agua de todas partes. ¿Ves los colores tan diferentes que tienen?

Pero el aspecto de la habitación, con la luz mortecina, era gris. De un gris torpe y distorsionado por los diferentes tipos de lupas que se producían desde las estanterías.
Me señaló uno.

-Ése de allí está lleno de agua azul de un mediodía soleado en Santorini.

Miré. Era transparente, igual que todos los demás.

-Aquél es de un amanecer en un lago a los pies de los Apalaches.

Lo mismo.

-Éste a lo mejor lo conoces. Es agua del crepúsculo de una playa de Lanzarote.

Cogió el tarro de la estantería y me lo dio. Era de un rojo-magenta precioso y sutil. Lo devolví a su lugar en la estantería para apreciar mejor el tono desde lejos. Por un momento fue la única nota de color. Poco a poco, los demás tarros empezaron a cambiar. Aparecieron el azul de Santorini, luego el verde del lago, y después otros que no sabía de dónde eran, progresivamente. La habitación se convirtió en una gran vidriera.
Mientras, el pescador me iba hablando, señalando tarros de colores y diciéndome dónde los había conseguido...

¿Quién dice que el agua es incolora?

 

Midas

20.12.2011 s3r raRØ ·37· (publicado en laMundial: 18-11-2003)

La idea estaba allí, brillante y límpida, en el centro exacto de mi cerebro, vibrando como sujetada por hilos invisibles a las paredes interiores de mi cráneo, esperando a ser recolectada.
Cogí el lápiz y, después de dar unos golpecitos en el labio mientras dudaba unos segundos mirando hacia el techo, me abalancé sobre el papel.

Para mi sorpresa, al contacto de la mina con la cuartilla, súbitamente, el lápiz se convirtió en una columna líquida que se me desparramó entre los dedos. Me podría haber quedado eternamente en estado de shock, pero la idea seguía allí, madura, en el centro de mi cerebro, esperando.

Con determinación, aparté la cuartilla mojada de la mesa con un manotazo y me dispuse a coger un rotulador. Esta vez fue mucho más inmediato. Al tocar el capuchón mis dedos se cerraron sin atrapar nada, con un chasquido húmedo. Dentro del cubilete se agitaban un par de centímetros de líquido.
Acerqué la nariz. No olía a nada. Parecía agua. Cuidadosamente, con la punta del dedo, fui tocando todo lo que había dentro; portaminas, bolis, un croquizador, una cera, la pluma...
El tarro quedó lleno hasta la mitad. Una goma de borrar flotaba dentro.
Metí el dedo.
Lo chupé.
Agua.

Pero había algo en el centro de mi cerebro que necesitaba salir. Y empezaba a ser acuciante. Poseído por una mezcla de furia y desesperación, empecé a tocar todo aquello que pudiese parecer un artilugio para escribir. Todo se convertía en agua al primer contacto. Me senté delante del ordenador y pulsé el botón de inicio. El teclado estalló como un globo lleno de agua. El suelo empezaba a estar encharcado. Resbalé y al caer me llevé conmigo al suelo parte de lo que había encima de la mesa. La grapadora se me clavó en la espalda. La cogí dolorido y con frenesí, empecé a rascar mi nombre en el suelo.
Esta vez la grapadora se quedó en mi mano, pero el suelo en el que intentaba escribir se disolvió y se desplomó encima del vecino de abajo, empapándolo.
Pasado el susto inicial, levantó la cabeza y cuando entendió lo que había pasado, me miró con odio y habló:
-¿¡Si serás imbécil!??? ¡Métete las ganas de escribir en el culo, desgraciao!...
Y siguió gritándome improperios muy subidos de tono, mientras yo, avergonzado, me apartaba arrastrándome del agujero. Con la suciedad de mis manos hice un último intento de dibujar una letra en el suelo mojado, pero empezó a disolverse el gres del suelo, lo cual redobló los gritos e insultos de mi vecino.
-¡Hijo de p...! ¡Grandísimo hijo de p...!

Me levanté cansadamente. Miré hacia el balcón y supe qué debía hacer. Sorteando el boquete y los gritos, me acerqué a la puerta, puse mi boca a tocar del cristal y le di mi aliento. Apoyé la cabeza en la ventana. Con el dedo dibujé una "o" en el vaho. El cristal se deshacía como hielo y chorreaba hacia el suelo mientras trazaba el círculo y, al cerrarlo, el centro de la letra cayó, haciéndose añicos.
Arrastré mi frente por el cristal hasta hacerla coincidir con el agujero. Apreté un poco. Lo justo para hacerme sangre con los afilados bordes de vidrio.
Al sentir el dolor, la idea rompió los hilos invisibles, atravesó mi cabeza y salió a la calle, donde se evaporó inmediatamente, agradecida.

Me separé de la puerta. Lo justo para ver los últimos vapores disolviéndose, mientras desde el piso de abajo se escuchaba:
-Eres un imbécil, Midas. ¿Lo sabes? ¡Un auténtico imbécil!...


Mi colección de rotuladores...

 

Alma de árbol

19.12.2011 s3r raRØ ·38· (publicado en laMundial: 28-11-2003)

Era difícil andar contra ese viento.
Duro y helado, la obligaba a andar echada hacia adelante, agarrándose la ropa, azotada por las hojas y la arena, esquivando torbellinos de papeles y revolucionados westerns. Una sonrisa en su cara hacía la escena más inquietante.
Lejos de contrariarla, ese viento le trajo ecos del pasado, recuerdos hermosos...
...de cuando, en una isla olvidada, desafiaba a la gravedad apoyando en el aire la espalda con los brazos abiertos, totalmente relajada. Y se sostenía. Casi podía tocar con las manos en el suelo.
Alguien le tuvo que hacer desistir de probarlo en el acantilado...
...de cuando se levantó en el jeep que iba lanzado por la sabana y los latigazos de las hierbas altas se confundían con los del viento tórrido. Lo de menos fue que algún insecto impactara contra su cara y pasase el resto del viaje con media cara hinchada...
...del frío gris en aquel telesilla infame, que atravesó la cúpula de nubes para descubrir que a tres mil metros existe otro planeta, lleno de blancos diferentes y de sol, mucho sol...

Tan absorta estaba en esos recuerdos que no vio a tiempo el árbol que se abalanzó sobre ella.

Se encontraba de pie, en el mismo lugar. Pero, no; estaba en el suelo. Bueno. Su cuerpo estaba en el suelo, pero ella estaba de pie, incorpórea. No podía mover los pies. Los sentía atados a los de su figura tendida.

-¡Que leche tienes, cabrona! -dijo alguien a su espalda.
Se dio la vuelta y vio al árbol. Bueno, no. El árbol estaba en el suelo, encima suyo, pero también estaba de pie, plantado pero incorpóreo.
-Vas a volver, ¿sabes?. Les pasa a muy pocos -volvió a hablar sin voz, mirándole sin ojos-. Eres una tipa afortunada. Nosotros los árboles nos vamos despacio, poco a poco. Y mientras nos quedamos anclados a nuestra parte real. Los del reino animal sois más inmediatos. Os vais y os vais, y punto. Son muy raros los que os quedáis enganchados como tú y disfrutáis del raro privilegio de hablar con nosotros. Tranquila, no va a ser mucho rato. Y disfruta del momento por que después no te vas a acordar de nada.
-Pero... ¿dónde estoy? -empezó, angustiada y desconcertada.
-No estás. Pero ya te digo que en tu caso es transitorio...
Y siguió hablando despreocupadamente. Y ella se fue tranquilizando. Y empezó a hacer preguntas. Acabaron conversando animadamente, explicándose sus vidas durante lo que parecieron horas...

Y volvió. Se despertó rodeada de gente que no conocía. No sabía su nombre. No sabía dónde estaba. No sabía nada. Pero parecía no importarle.
De vez en cuando, coincidiendo con las mañanas de mucho viento, se levantaba de la cama con una ingénua y traviesa sonrisa en la boca y salía a la calle a abrazarse, con un gusto que daba envidia, al primer árbol que encontraba.
A veces llevaba el pijama.
A veces no.

 

Atmósfera

18.12.2011 s3r raRØ ·39· (publicado en laMundial: 18-12-2003)

Era un auténtico "perro de patada".
De esos que dan ganas de probar si llegarías a colgarlo del tendedero del ático.
No sé qué pasaba últimamente con los perros enanos que me cogían todos cariño.
Este me adelantó a pasitos gráciles y rápidos y se puso a andar de lado, mirándome fijamente. Su cola de zorrillo se bamboleaba ahuecada y tiesa. Sus ojos sonreían profundos y negros.
-¡Thud!-... ejecuté en mi imaginación un lejano ensayo de rugby.
Para evitar la tentación hice un quiebro hacia la izquierda y sin mirar me metí en un café...

... A través del cristal miraba a la calle, al cielo, y soñaba una pelota ovalada con cara de perro cuando de repente alguien puso su café encima del periódico, que no estaba leyendo, y se sentó delante de mí. Sin tiempo de asimilar la sensación de invasión de intimidad empezó a hablar.
- "Se llama 'Plumerano'. O 'Plurano', si prefieres abreviar. Como más te guste. El planeta más pequeño de nuestro sistema solar. Casi nadie sabe que existe. La mayoría de asteroides son varias veces mayores que él".
Se trataba de un viejo de extrañas facciones, difuminadas por la sombra de una gorra de pana verde y ocultas tras una larga barba blanca. La corbata parecía el reclamo de una barbería y el traje, en colores crudos, necesitaba pasar por la tintorería. Su voz era melosa, profunda y resonante. Al momento se disipó toda mi agresividad.
- "Pero lo curioso es que tiene atmósfera. Tan sólo unos átomos de oxígeno, no puede retener más con tan poca gravedad. Apenas llega para respirar una persona estirada en el suelo".
- "¿Cómo llegaste?" -balbuceé.
- "¡Je! Soy un tipo con recursos" -y siguió un rato explicándome particularidades del lugar...

... Llevaba un rato hablando cuando sacó un frasquito del bolsillo, de esos que usan como muestras de perfume. Dentro había una personita, no más grande que una uña. Al quedarme mirando, atónito, levantó una mano y me saludó a través del cristal.
- "Hola" -leí en sus labios.
El viejo me contó que era un habitante del planeta. Entre otras muchas cosas, explicó que antes sólo había uno, pero como se reproducían de vez en cuando, luego tenían problemas para respirar. Por eso pensó que era mejor traérselo. Lo definió como una excelente compañía. Culto, paciente y educado, no perdía jamás la compostura y era tolerante, abierto de mente e incluso divertido. El problema era que, acostumbrado a una atmósfera tan tenue, la nuestra le mataría inmediatamente, y por eso vivía siempre en el frasquito. Sólo se tenía que abrir y cerrar rápidamente de vez en cuando para renovar el aire.
Súbitamente cambió de tema. Con el gesto ceñudo, me explicó que sus obligaciones le obligaban a desprenderse de tan gratificante compañía y que había pensado en mí para que le cuidase. Salió rápidamente por la puerta, sin pagar el café.

Embobado, mirando la botellita, me di cuenta de que el ser gesticulaba con los brazos hacia arriba y luego se llevaba las manos al cuello, haciendo muecas de sofoco. Entonces lo entendí y saqué el tapón de corcho. Creo que tardé demasiado en cerrar, porque la personita estuvo después un rato andando como aplastada, espesa, llevándose la mano al pecho.
Bueno. Tendría que mejorar en eso de abrir el frasquito. Y también su calidad de vida. Hacer una casita de cristal más amplia o algo así, con renovación de aire... seguro que nos llevaríamos bien...

En esas estaba, elucubrando, cuando bajé la cabeza y allí estaba, mirándome y jadeando sonriente, con la lengua fuera y con las patitas apoyadas en el cristal del café, medio escondido por un rótulo.
Su cola de zorrillo se bamboleaba ahuecada y tiesa. Sus ojos sonreían profundos y negros.


¡Ensayooooooooo!